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EL CIELO

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Los matrimonios en el Cielo

366. Puesto que el cielo viene del género humano, habiendo por consiguiente allí ángeles de ambos sexos, y puesto también que desde la creación la mujer es del hombre y el hombre de la mujer, perteneciéndose así mutuamente por el amor innato en ellos, sigue que en el cielo, como en la tierra, hay matrimonios. Pero los matrimonios en el cielo difieren mucho de los matrimonios en la tierra. En lo que sigue diré por lo tanto cuales y como son los matrimonios en el cielo, en que puntos difieren de los matrimonios en la tierra y en que puntos concuerdan con ellos.

367. El matrimonio celestial es la unión de dos mentes hasta formar una sola mente. Diré primero de que naturaleza es esta unión. La mente consiste de dos partes, de la cual una se llama entendimiento y la otra voluntad. Cuando estos dos obran como una sola, forman una sola mente. El marido hace en ella la parte del entendimiento y la mujer la de la voluntad. Cuando esta unión, que procede dé los interiores, desciende en las cosas exteriores, que son las del cuerpo, se dejan percibir y sentir como amor. Este amor es el amor conyugal, y por ello resulta claro que el amor conyugal nace por la unión de dos mentes, haciendo de ellas una sola mente. Esto se llama en el cielo cohabitación y se dicen ser uno y no dos, por lo cual cónyuges en el cielo se llaman un ángel y no dos ángeles.

368. El existir tal unión entre marido y mujer, hasta en las más íntimas cosas de la mente, viene de la creación misma, porque el hombre nace para ser forma de la inteligencia y la mujer para ser forma de la voluntad, lo cual también se ve por el índole ingénita de cada cual, y también por su forma. Lo demuestra el índole porque el hombre obra por vía de la razón, pero la mujer por vía de la inclinación. Lo demuestra la forma, porque el hombre tiene el rostro más angular y menos hermoso, el habla más grave, el cuerpo más robusto; la mujer, por el contrario, el rostro más fino, más hermoso, la voz más sonora y el cuerpo más delicado. Una diferencia parecida hay entre el entendimiento y la voluntad, y entre el pensamiento y el bien y entre la fe y el amor; porque la verdad y la fe son del entendimiento, y el bien y el amor son de la voluntad. Por esta razón es que en el Verbo por "joven" y "hombre" en sentido espiritual se entiende entendimiento de la verdad, y por "virgen" y "mujer" inclinación al bien; también que allí la iglesia, por su inclinación al bien, se llama "mujer" y "virgen"; y los que se hallan en la inclinación al bien se llaman "vírgenes" (como en Apocalipsis 14: 4).

369. Tanto el hombre cuanto la mujer gozan de entendimiento y de voluntad; sin embargo, predomina en el hombre el entendimiento y en la mujer la voluntad; y el ser humano es tal como es aquello que en él predomina; en los matrimonios celestiales no hay, sin embargo, tal predominación, porque la voluntad de la esposa es también la del marido, puesto que el uno ama a querer y a pensar de idéntica manera que el otro, es decir, mutua y recíprocamente; de ahí viene su conjunción por la cual forman por así decir un solo ser. Su conjunción es una conjunción real y efectiva, porque la voluntad de la esposa entra en el entendimiento del marido y el entendimiento del marido en la voluntad de la esposa, y sobre todo cuando se miran de frente mutuamente, porque en el cielo tiene lugar una comunicación del pensamiento y de la inclinación, según antes se ha dicho, y mayormente entre cónyuges, puesto que se aman mutuamente. Por esto puede ser claro cual y como es la conjunción de las mentes que determina el matrimonio y causa el amor conyugal en los cielos; es el querer que lo suyo sea del otro, mutuamente y recíprocamente. 

370. Los ángeles me han dicho que dos cónyuges se hallan en amor conyugal en la medida en que se hallan en tal conjunción, y que entonces se hallan en inteligencia, sabiduría y felicidad en la misma medida, porque la Divina verdad y el Divino bien, de los cuales viene toda inteligencia, sabiduría y felicidad, influyen principalmente en el amor conyugal; que por consiguiente el amor conyugal es el plano mismo sobre el cual se verifica el influjo Divino, por ser al mismo tiempo el matrimonio de la verdad con el bien, porque así como hay una conjunción entre el entendimiento y la voluntad, así hay también una conjunción entre la verdad y el bien, siendo así que el entendimiento recibe la Divina verdad, y se forma por las verdades, mientras que la voluntad recibe el Divino bien y se forma por los bienes; porque lo que el hombre quiere es en la opinión suya un bien, y lo que entiende es a su parecer verdad. Es pues lo mismo si se dice conjunción de la verdad con el bien o si se dice conjunción del entendimiento con la voluntad. La conjunción de la verdad con el bien hace el ángel, así como su entendimiento y su felicidad, porque el ángel es tal como en él es la conjunción del bien con la verdad y de la verdad con el bien; o lo que es lo mismo, el ángel es tal como en él es la conjunción del amor con la fe y de la fe con el amor.

371. La razón por la cual lo Divino que procede del Señor influye principalmente en el amor conyugal es que el amor conyugal procede de la conjunción del bien con la verdad, porque como ya se ha dicho: decir conjunción del entendimiento con la voluntad equivale a decir conjunción del bien con la verdad. La conjunción del bien con la verdad lleva su origen del Divino amor del Señor para con todos los que están en el cielo y en la tierra. Del Divino amor procede el Divino bien y el Divino bien recibido por los ángeles y por los hombres es la Divina verdad. El único receptáculo del bien es la verdad, por lo cual nadie que no esté en la verdad puede recibir algo del Señor y del cielo. En la medida que las verdades en el hombre tienen conjunción con el bien, en esta medida tiene el hombre conjunción con el Señor y con el cielo. Ahí está el origen mismo del amor conyugal, por lo cual este es la base misma del influjo Divino. Es por esto que la conjunción del bien con la verdad en el cielo se llama matrimonio celestial y que en el Verbo el cielo se compara con un matrimonio y también se llama un matrimonio, y que el Señor se llama "Esposo" y "Marido" y el cielo con la iglesia "esposa" y "mujer."

372. El bien y la verdad en conjunto en un ángel y en un hombre no son dos, sino uno, puesto que el bien es entonces el bien de la verdad y la verdad es la verdad del bien. Esta conjunción pueda ser comparada a un hombre pensando lo que desea y deseando lo que piensa, cuando el pensamiento y la voluntad forman uno, eso es, una sola mente; porque el pensamiento forma, o presenta en forma, lo que la voluntad desea, y la voluntad se le da delicia; y esto es el por qué dos cónyuges en el cielo no se llaman dos, sino un solo ángel. Esto también es lo que se entiende por las palabras del Señor:

¿No habéis leído que Él que los hizo al principio, macho y hembra los hizo, y dijo, Por tanto el hombre dejará a su padre y a la madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en una carne? Así que no son ya más dos, sino una carne. Por tanto lo que Dios juntó, no lo aparte el hombre. No todos pueden recibir esta instrucción, sino ellos a quienes es dado (Mateo 19: 4-6, 11; Marcos 10: 6-9; Génesis 2: 24).

Esto es una descripción de ambos, del matrimonio celestial, en lo cual son los ángeles, y del matrimonio de bien y verdad, el que "un hombre no debe apartar lo que Dios ha juntado" significando que el bien no debe ser separado de la verdad.

373. Se ve, pues, de donde procede el verdadero amor conyugal, es decir, que es primero formado en las mentes de los que están en matrimonio, y desde allí desciende e influye en el cuerpo, en el cual se percibe y se siente como amor; porque todo lo que por percepción se siente en el cuerpo lleva su causa de lo interior o espiritual del mismo, procediendo del entendimiento y de la voluntad. El entendimiento y la voluntad constituyen el hombre espiritual. Todo cuanto del hombre espiritual desciende al cuerpo, se presenta en este bajo otra forma, sin embargo parecida y correspondiente como el alma y el cuerpo, o como la causa y el efecto, según puede constar por lo que se ha dicho y manifestado en los dos artículos anteriores que tratan de las correspondencias.

374. He oído explicar por un ángel del siguiente modo lo que es el verdadero amor conyugal y sus goces celestes: Que es lo Divino del Señor en los cielos; que es el Divino bien y la Divina verdad en dos seres unidos hasta tal punto que no son dos, sino un solo ser. Dijo que cónyuges en el cielo son este amor porque cada ángel es su bien y su verdad, tanto con respecto a la mente cuanto con respecto al cuerpo, porque su cuerpo es fiel imagen de su mente, por ser formado según la semejanza de la misma. De esto dedujo que dos seres que están en amor conyugal son una efigie de lo Divino, y siendo una efigie de lo Divino, también son efigie del cielo, puesto que el cielo en general es el Divino bien y la Divina verdad, procedentes del Señor; y que es por esta razón que ese amor envuelve todas las cosas del cielo, tantas felicidades y goces que exceden todo número. Expresó la numerosidad con una palabra que indica miríadas de miríadas. Se mostró de que el hombre de la iglesia nada sabe de esto, cuando, sin embargo, la iglesia es el cielo del Señor en la tierra, y el cielo es la conjunción del bien con la verdad. Dijo que causa estupor el pensar que dentro de la iglesia, más que fuera de ella, se comete adulterio, y se persiste en ello por confirmación, siendo, sin embargo, así que ese goce, en y por sí considerado, en sentido espiritual y por consiguiente en el mundo espiritual, no es más que el goce del amor al mal unido a la falsedad, cuyo goce es un goce infernal, del todo opuesto al goce del cielo, que es el goce del amor a la verdad unida al bien.

375. Es bien sabido que dos cónyuges que se aman están íntimamente unidos, y que lo esencial del matrimonio es la unión de los ánimos o de las mentes. Por ello se puede igualmente saber que la unión es tal como son los ánimos o las mentes en sí mismas, y tal también el amor entre ellos; la mente es formada exclusivamente por verdades y bienes, porque todas las cosas que hay en el universo se refieren al bien y a la verdad, así como a su conjunción, por lo cual la unión de las mentes es tal como son las verdades y los bienes por los cuales se hallan formadas; la unión de dos mentes formadas por genuinas verdades y bienes es por consiguiente perfectísima. Hay que saber que nada se ama mutuamente en tan alto grado como la verdad y el bien, por lo cual de este amor procede el verdadero amor conyugal. La falsedad y el mal se aman también; pero este amor se convierte luego en un infierno.

376. Por lo que se acaba de exponer con respecto al origen del amor conyugal, puede concluirse quienes se hallan en este amor y quienes no se hallan en él; que en amor conyugal se hallan los que se hallan en el Divino bien por la Divina verdad y que el amor conyugal es tanto más genuino cuanto más genuinas son las verdades unidas al bien; y puesto que todo bien que se une con verdades viene del Señor, sigue que nadie puede estar en el verdadero amor conyugal si no reconoce al Señor y Su Divinidad, porque sin tal reconocimiento el Señor no puede influir y unirse a las verdades que están en el hombre.

377. Por esto resulta claro que los que se hallan en falsedades no pueden estar en amor conyugal, y de ninguna manera los que se hallan en falsedades por el mal. En aquellos que se hallan en el mal y por ello en falsedades se hallan además cerradas las cosas interiores, que son de la mente, por lo cual en ellas no puede haber origen del amor conyugal, sino más abajo, en lo exterior o natural, separado de lo interior, hay (en ellos) una conjunción entre la falsedad y el mal, cuya conjunción se llama matrimonio infernal. Conversan entre sí y tienen conjunción por lascivia, pero interiormente arden uno contra otro en un odio mortal, tan grande que no puede expresarse con palabras.

378. El amor conyugal tampoco puede existir entre dos que son de diferente religión porque la verdad del uno no concuerda con el bien del otro y en dos personas diferentes y discordantes no pueden las dos mentes unirse a formar una sola mente, por cuya razón el origen de su amor nada tiene de espiritual; si cohabitan y concuerdan es tan sólo por causas naturales. En el cielo contrae uno matrimonio con otra que se halla en la misma sociedad, porque estos se hallan en un mismo bien y en una misma verdad; pero no con una que está fuera de la sociedad. Más arriba (n. 41 y siguientes) se puede ver que todos los que están en una misma sociedad celestial se hallan en un mismo bien y en una misma verdad y difieren de los que se hallan fuera de la sociedad. En la raza israelita era representado este hecho por la práctica de contraer matrimonios dentro de cada tribu exclusivamente, y especialmente dentro de las familias y no fuera de ellas.

379. Tampoco puede existir el verdadero amor conyugal entre un marido y varias mujeres; porque esto destruye su origen espiritual, que es la unión de dos mentes en una sola mente; y destruye por consiguiente la conjunción interior que es la del bien con la verdad, de cuya conjunción procede este amor esencialmente. Un matrimonio con más de una mujer es como un entendimiento dividido entre varias voluntades, y como un hombre que se adhiere no a una sino a varias iglesias; y de esta manera su fe se disuelve hasta quedar aniquilada. Los ángeles dicen que el tener varias mujeres es completamente contrario al Divino orden, y saben esto por varias razones como por ejemplo: que tan pronto como piensan en un matrimonio con varias mujeres, se desvía de ellos su beatitud interna y la felicidad celestial, y entonces son como ebrios, porque se rompe en ellos la unión del bien con su verdad, y puesto que las cosas interiores pertenecientes a sus mentes entran en tal estado por el mero pensamiento con alguna poca intención, perciben claramente que un matrimonio con más de una mujer cierra sus interiores, y hace que en vez del amor conyugal se introduce un amor lascivo, cuyo amor separa del cielo. Dicen además que los hombres pueden difícilmente comprender esto porque hay pocos que se hallan en verdadero amor conyugal, y los que no se hallan en él, desconocen por completo el íntimo goce que hay en este amor, y conocen tan sólo el. amor lascivo, cuyo goce se convierte en hastío después de breve cohabitación, mientras que el goce del verdadero amor conyugal no sólo permanece en la vejez en el mundo, sino que también es el goce del cielo, después de la muerte, y entonces se añade al mismo un goce interior que le llena y continua perfeccionándose en toda eternidad. Dijeron también que los goces del verdadero amor conyugal pueden enumerarse hasta varios millares, y ni uno de ellos es conocido por el hombre, ni puede comprenderse por el entendimiento humano, excepto en el hombre que por el Señor se halla en el matrimonio del bien con la verdad.

380. El amor al dominio por el cual el uno desea dominar sobre el otro, destruye completamente el amor conyugal y su goce celestial, porque como ya se ha dicho, el amor conyugal y su goce consiste en que la voluntad del uno sea la del otro, mutuamente y recíprocamente. El amor al dominio en el matrimonio destruye esto, porque él que domina quiere que sólo la voluntad suya sea en el otro, y por el contrario que la del otro en él sea nula. No hay pues entre el uno y el otro mutualidad ni comunicación alguna de amor conyugal con su goce; y, sin embargo, esta comunicación y consiguiente conjunción es el verdadero e íntimo goce del matrimonio, cuyo goce se llama beatitud. El amor al dominio extingue completamente esta beatitud y con ella todo lo celestial y espiritual de este amor hasta tal punto que su existencia (en general) se ignora, y aun cuando se reconoce su existencia es mirado como cosa tan trivial que, a la mera alusión de que por él se disfruta de beatitud, se ríen o se enfadan. Cuando el uno quiere y ama lo que el otro quiere y ama, entonces hay libertad para ambos, puesto que toda libertad viene del amor, pero la libertad es nula donde hay dominio; el uno es siervo y el que domina lo es también, porque como un siervo es empujado por la pasión de dominar; pero esto no puede comprender en manera alguna él que ignora lo que es la libertad del amor celestial. Puede, sin embargo, saberlo por lo que más arriba se ha dicho acerca del origen y esencia del amor conyugal. Conforme entra el dominio las mentes no se unen sino se separan; dominio subyuga y una mente subyugada b bien no tiene voluntad alguna o bien tiene voluntad contraria. Si carece de voluntad carece también de amor; si tiene voluntad contraria hay odio en vez de amor. Los interiores de los que viven en tal matrimonio chocan y luchan, los del uno contra los del otro, como luchan dos fuerzas opuestas entre sí, por más que las cosas exteriores se sujetan y se acomodan por consideración a la tranquilidad. La colisión y lucha entre ellos se revelan después de la muerte; por regla general se vuelven a unir y entonces riñen como enemigos, y se desgarran mutuamente porque entonces obran, conforme el estado de sus interiores. Sus riñas y desgarramientos me han sido expuestas varias veces y algunos de ellos eran llenos de venganza y de ira. Los interiores de cada uno se dejan en la otra vida en libertad y no son restringidos por los exteriores a causa de las cosas del mundo, porque entonces cada uno es tal como es su interior.

381. En algunos hay cierta apariencia de amor conyugal pero no es este amor si no se hallan (igualmente) en el amor al bien y a la verdad. Es un amor que imita el conyugal por varios motivos; como por ejemplo, a fin de que sean bien servidos en casa, a fin de guardar su seguridad, su tranquilidad y permanecer en ociosidad o con el objeto de asegurarse asistencia y sustento en su decadencia y vejez o por consideración a los hijos a quienes aman. En algunos casos es coaccionado por el temor del cónyuge, de perder la reputación, de maledicencias; en otros la lascivia. El amor conyugal puede también ser diferente en los cónyuges. El uno puede poseerlo más o menos, el otro poco o nada, y por diferir así puede haber cielo para el uno e infierno para el otro.

382 (primero). El verdadero amor conyugal reina en el íntimo cielo, porque los ángeles allí se hallan en el matrimonio del bien con la verdad, y también en inocencia, porque el amor conyugal, en y por sí considerado, es un estado de inocencia; por lo cual entre cónyuges que se hallan en el amor conyugal hay celestial goce. Sus almas se entretienen en juegos inocentes, casi como los de los niños, porque nada hay que no agrada a sus mentes, siendo así que el cielo con su alegría influye en todas las cosas de su vida; por esto mismo el amor conyugal en el cielo es representado por cosas hermosísimas; lo he visto representado por una virgen de indescriptible hermosura cercada por una nube blanca y resplandeciente. Se me dijo entonces que es por el amor conyugal que los ángeles en el cielo tienen toda su hermosura. Las inclinaciones y los pensamientos que proceden de este amor son representados por auras centellantes como el reflejo de la luz en diamantes, o en piropos y rubíes; con delicias que afectan lo más íntimo de las mentes. En una palabra, en el amor conyugal se manifiesta y presenta en imagen el cielo, porque el cielo en los ángeles es la conjunción del bien con la verdad, y esta conjunción crea el amor conyugal.

382 (segundo). Los matrimonios en el cielo difieren de los matrimonios en la tierra en que estos últimos tienen otro objeto más, o sea la procreación de la raza humana, cuyo objeto no hay en los celestiales. En lugar de esta procreación hay en los cielos la procreación del bien y de la verdad; la razón por la cual esta procreación hace las veces de aquella es que el matrimonio de los ángeles es el matrimonio del bien con la verdad, y en este matrimonio el todo es el amor al bien y a la verdad y a su conjunción, y estos son por lo tanto los frutos de los matrimonios celestiales; por esto es que en el Verbo "nacimientos" y "generaciones" significan nacimientos y generaciones espirituales, que son las del bien y de la verdad; "madre" y "padre" significan la verdad unida al bien, que causa la procreación; "hijos" e "hijas" las verdades y los bienes nacidas; "yerno" y "suegra" significan sus conjunciones; y así adelante. Es pues evidente que los matrimonios en el cielo no son como los matrimonios en la tierra; en los cielos hay nupcias espirituales, que no deben llamarse nupcias sino conjunción de las mentes por el matrimonio del bien con la verdad. En la tierra, por el contrario, hay realmente nupcias, puesto que no son sólo del espíritu sino también de la carne; y por no haber en el cielo nupcias los cónyuges allí no se llaman marido y mujer, sino en conformidad con la idea que tienen los ángeles de la conjunción de dos mentes hasta formar una sola mente, llaman el matrimonio por un nombre que expresa la mutua reciprocidad; Por esto se ve como se debe entender las palabras del Señor referentes a nupcias   (Lucas 20: 35, 36).

383. De que modo se verifican los matrimonios en los cielos también me ha sido permitido ver. En todo el cielo se asocian los similares y se separan los disimilares. Cada sociedad del cielo consiste por consiguiente de similares, pero los similares se juntan no. por sí mismos sino por el Señor (véase más arriba, n. 41, 43, 44 y siguientes); por lo tanto también cónyuge a cónyuge, pudiéndose unir las mentes de estos a formar una sola, y por lo mismo se aman íntimamente a Ja primera vista, comprenden que son cónyuges y contraen matrimonio. Por esto todo matrimonio en el cielo viene por el Señor sólo. Celebran también bodas en numerosa compañía, variando las festividades en las varias sociedades.

384. Puesto que los matrimonios en la tierra son el seminario del género humano y también de los ángeles del cielo (siendo así que el cielo, según arriba en su artículo se ha manifestado, viene del género humano), y puesto que su origen es espiritual por ser el matrimonio del bien con la verdad, y que lo Divino del Señor influye principalmente en este amor, son por lo tanto santísimos a los ojos de los ángeles del cielo, y por contra miran a los adulterios como profanación, puesto que son contrarios al amor conyugal; porque así como los ángeles ven en el matrimonio el matrimonio del bien con la verdad, así ven en los adulterios el matrimonio del mal con la falsedad, el cual es el infierno, por cuya razón se retiran tan pronto oyen hablar del adulterio; esto es también la razón por la cual el cielo se cierra para el hombre cuando comete adulterio por gusto, y después de cerrado el cielo no reconoce ya más lo Divino ni cosa alguna referente a la fe y a la iglesia. Que todos los que están en el infierno son contrarios al amor conyugal me ha sido dado percibir varias veces por la esfera que de allí se exhala, la cual es como un esfuerzo continuo para disolver y violar el matrimonio. Por esto me consta que el goce que reina en el infierno es el goce del adulterio, y que el goce del adulterio también es un goce de destruir la conjunción del bien con la verdad, cuya conjunción hace el cielo; de ahí sigue que el goce del adulterio es un goce infernal, del todo contrario al goce del matrimonio, que es un goce celestial.

385. Hubo ciertos espíritus que por la costumbre y práctica adquirida en la vida del cuerpo me infestaban con especial habilidad, por un influjo muy suave, casi ondeando como suele ser el de los espíritus rectos; pero se dejó percibir que había en ellos astucia y cosas parecidas, con el objeto de ganar la confianza y engañar. Al fin hablé con uno de ellos y me fue dicho que este había sido generalísimo de ejércitos cuando vivía en el mundo. Percibiendo que había en sus ideas algo de lascivo hablé con él al sujeto del matrimonio, empleando el hablar espiritual' por representaciones, cuyo hablar expresa el sentido con mucha perfección y muchas cosas en un momento. Dijo que en la vida del cuerpo consideraba los adulterios como nada (indecente), pero me fue dado contestarle que los adulterios son execrables, por más que a los adúlteros parecen como si no lo fuesen, y hasta les parecen lícitos, pero esto es a causa del goce que apetecen y por las persuasiones del mismo; esto podría bien saber considerando que los matrimonios son el seminario del género humano, y por ello también el seminario del reino celestial, por cuya razón nunca debían violarse sino guardarse como santos; además podía saberlo porque hallándose ahora en la otra vida y en un estado de percepción, debía saber que el amor conyugal desciende del Señor por medio del cielo, y que de este amor como padre es derivado el amor mutuo, que es el firmamento del cielo, y también por el hecho de que los que comenten adulterio apenas se acerquen a las sociedades celestiales perciben su propio hedor y se precipitan de allí al infierno. a lo menos podría saber que el violar el matrimonio es contrario a las leyes Divinas y contrario a las leyes civiles de todo reino, e igualmente contrario a la verdadera ley de la razón, por ser contrario al orden Divino y al orden humano; sin mencionar otras razones. Contestó que no pensaba así en la vida del cuerpo; quiso raciocinar sobre si era o no así, pero le fue dicho que las verdades no admiten argumentaciones porque estas defiendan patronean a los deseos, por consiguiente a los males y a las falsedades, y que primero debía reflexionar en las cosas manifestadas por ser ellas verdades. Además podría bien saberlo por el principio, conocidísimo en el mundo, de que nadie debe hacer con otro lo que no quiere que otro haga con él; de manera que al engañar alguien a su esposa a la que amó como al principio de todo matrimonio se ama, y hablando por la indignación que sentiría a causa de esta infamia acaso no hubiera él mismo maldecido los adulterios, y si acaso estuviera dotado de rara inteligencia, se hubiera entonces confirmado contra ellos, él más que otros, hasta el punto de condenarlos al mismo infierno.

386. Me ha sido manifestado de que manera los goces del amor conyugal aumentan hacia el cielo y los goces del adulterio hacia el infierno. El aumento de los goces del amor conyugal hacia el cielo era un continuo aumento de beatitudes y felicidades hasta exceder todo número y desafiar toda descripción, y hasta alcanzar las del íntimo cielo o sea las del cielo de la inocencia, y esto todo con la más completa libertad, porque toda libertad viene del amor, y la más grande viene del amor conyugal que es el amor celestial mismo. El aumento del goce del adulterio era, por el contrario, hacia el infierno, y gradualmente hasta el más bajo, donde no hay más que cosas espantosas y horripilantes. Esta suerte espera a los adúlteros después de su vida en el mundo. Por adúlteros se entiende los que gozan en adulterios exclusivamente, y que ningún gozo encuentran en el matrimonio.

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